Poder y participación

Nada que hacer

Una reflexión sobre las colaboraciones opcionales, desde clubes de puntos hasta horas extra y encuestas, y sobre la potencia de dejar de sostenerlas cuando consolidan relaciones desiguales.

No queda nada por hacer, solo somos pasajeros en un sistema perverso y lo único que nos queda es aceptar las reglas que nos han impuesto. No tenemos ninguna clase de poder y estamos obligados a hacer y aceptar todo. ¿O en realidad no?

¿Realmente estamos obligados a todo?

¿O hacemos muchas de esas cosas por comodidad?

¿Colaborar en tareas optativas nos da más poder o simplemente entregamos una parte de nuestro poder?

Anotarnos en un club de puntos y las recompensas terminan siendo pésimas.

Atender el teléfono fuera de horario laboral o, peor aún, hacer horas extra, aunque no queramos hacerlas.

Responder la encuesta de satisfacción luego de un mal servicio.

¿Toda colaboración voluntaria recibe algo justo a cambio?

Quizás la salida sea hacernos cargo, incomodarnos para incomodar.

Incomodarnos solo significa poner la cara al decir no. Es una acción mínima, blanda.

Para incomodar no hace falta una gran revolución. Simplemente dejar de colaborar en lo que podemos elegir, sin explicaciones ni confrontaciones. Quizás ni siquiera haga falta decir o repetir nuestra disconformidad. La no colaboración en lo accesorio es lo suficientemente incómoda para que diga lo suficiente. La gran fortaleza es que seguimos cumpliendo con aquello a lo que sí estamos obligados, pero nada más.

¿Cuánto vale alguien cuya colaboración está garantizada?

¿Qué beneficio nos dará un local si siempre le soy fiel?

¿Qué reconocimiento laboral tendremos si siempre atendemos el teléfono? ¿Qué pasará si algún día no podemos resolverlo inmediatamente?

¿Cuántas veces nuestra respuesta en la encuesta cambió algo?

Lo excepcional, cuando está garantizado, deja de ser excepcional.

Porque sin socios del club de puntos no existe forma de medir la fidelidad del cliente.

Porque contratar un empleado extra es más caro que pagar algunas horas, aunque siga yendo a trabajar cada día.

Porque la falta de respuesta deja el vacío. Saben que no estamos conformes, pero no saben por qué. Y ahí nosotros los obligamos a cuestionarse 😉. Las encuestas están diseñadas para que quien las hace sepa solo lo que le interesa, no para que digamos lo que queremos decir. Una encuesta de satisfacción convierte incluso nuestra insatisfacción en información útil para quien la solicita. La falta de respuesta, en cambio, quizás diga exactamente lo que queremos decir sin responder lo que quieren saber.

¿Y cuándo somos nosotros quienes recibimos una colaboración que no era obligatoria?

Comienza con un agradecimiento, se vuelve costumbre y un día estamos molestos porque no hizo lo que le correspondía.

Quizás el sistema no sea algo etéreo y extraño a nosotros. Estamos dentro y somos parte de él. Y quizás tengamos mucha más fuerza de la que creemos.

Porque si no me gusta ningún candidato sigo obligado a votar, pero no a alguien.